jueves, 20 de enero de 2011

Kimbo


Kimbo y su padre eran los payasos de un circo ambulante de mala muerte que, aldea por aldea, presentaba su cada vez más decadente espectáculo. La falta de motivación por el escaso beneficio obtenido en cada función podía más que el placer de divertir y llevar por unos momentos la alegría a las gentes de esas tristes aldeas.

Sin embargo, el niño y su padre formaban un equipo perfecto. Sus gracietas y cabriolas hacían reír sin parar al público y estaban considerados como las verdaderas estrellas del espectáculo. Gracias a ellos los componentes del circo podían salir adelante.

Una noche, ambos ejecutaban su actuación, como habían hecho otras muchas veces. La gente reía, aplaudía y pedía más y más a los payasos, que gustosos accedían a los deseos de los aldeanos con nuevos saltos y tortazos. En un momento dado, el padre de Kimbo comenzó a trepar por uno de los postes que sostenían la carpa. Mientras, el pequeño le lanzaba todo tipo de objetos que yacían dispersados por el suelo. Casi había llegado arriba del todo cuando el hombre simuló que había sido alcanzado por uno de los proyectiles y se dejó caer, como también había hecho cientos de veces, con la intención de hacerlo en una colchoneta que habían camuflado bajo la arena del suelo, y que debía amortiguar el golpe.

Pero algo salió mal y la caída no fue como estaba prevista, puesto que el hombre resbaló inesperadamente en el último momento, cayó fuera de la colchoneta, se partió el cuello y murió en el acto.

Ante el golpe, el público estalló en carcajadas. Hubo incluso quien llegó a caerse de su butaca de la risa, haciendo caso omiso a Kimbo, que junto a su padre muerto y con su cabeza en sus manos pedía ayuda desesperadamente con lágrimas en los ojos. La respuesta que obtuvo fueron risas aún más fuertes y aplausos como nunca los habían escuchado. El público pensaba que era parte del espectáculo. O no, quién sabe. Seguían aplaudiendo incluso cuando el cuerpo del payaso fue retirado por el personal del circo.

Durante las noches que siguieron al suceso, cada vez que Kimbo lograba conciliar el sueño solo veía rostros distorsionados que le señalaban con el dedo y no dejaban de reírse a pleno pulmón mientras el cuerpo de su padre hacía cabriolas con el cuello girado en una posición antinatural. Risas, risas y más risas. Despertaba sobresaltado y sudoroso entre lágrimas.

Los días pasaban y todo seguía igual para el pobre niño. Desde la muerte de su padre, el dueño del circo le había liberado de sus actuaciones mientras se iba recuperando de la desgracia. Pero la necesidad acuciaba y no podían permitirse que quien les daba los mínimos beneficios que obtenían permaneciera más tiempo parado. El niño no tenía nada más, había nacido en el circo y solo conocía esa vida, por lo que muy a su pesar tuvo que aceptar volver a actuar aunque no estaba ni mucho menos en condiciones de hacerlo.

Cuando su padre vivía era él quién se encargaba de maquillar a Kimbo. Le gustaba hacerlo, y el niño adoraba sentir sus manos acariciándole el rostro. Pero ahora tenía que hacerlo él solo, y entre los nervios, el miedo, y su poca pericia, esa noche el resultado fue en verdad desastroso. Incluso aterrador.

Salió a la arena y se plantó frente al público que se le quedó mirando, expectante. Había multitud de niños, como de costumbre, solos o acompañados por sus padres. Kimbo permaneció inmóvil unos segundos que parecieron eternos, temeroso. Los primeros sonidos que le llegaron a los oídos le parecieron lejanos, pero poco a poco iban creciendo en intensidad. La gente le apremiaba a que comenzara la actuación, le gritaban que hiciese algo, que querían reír. Kimbo oía los gritos y poco a poco se iban mezclando con las risas que le golpeaban en el interior de su cabeza. Incluso vio a su padre, una vez más, con el cuello colgando haciendo cabriolas mientras le decía:
 
—¡Quieren risas! ¡Quieren carcajadas! Vamos, hijo mío, dales lo que quieren.

Dentro de su pecho nació un murmullo que se convirtió en una débil risita que poco a poco crecía y ganaba volumen. Kimbo se dijo que querían risas, y que eso precisamente les iba a dar. La carcajada fue creciendo y creciendo. Mientras el niño miraba con ojos húmedos a la multitud furiosa, fue cogiendo fuerza y su cuerpo empezaba a temblar. La gente poco a poco fue acallando sus gritos y miraban extrañados al payaso. Este seguía riendo, una risa profunda, siniestra, acompañada de espasmos por todo su cuerpo, que unido al maquillaje hacían de él un ser terrorífico. Un niño empezó a llorar. Luego otro, y otro más. La risa penetraba en sus cabezas. Los padres eran incapaces de consolarlos y también ellos caían, con las carcajadas del payaso de fondo, en un desasosiego y una desazón que les encogía el corazón. La risa de Kimbo ahogaba cualquier otro sonido, retumbaba en la vieja carpa invadiendo todo el lugar. Ahora el niño, señalaba a la gente con el dedo, igual que lo hacían con él en sus pesadillas. Los miraba, con esa mirada que tiene alguien que ha perdido completamente la razón y piensa que tan solo con ella puede acabar con la vida de cualquiera. El terror y la locura se adueñaron de la multitud que, como si respondiera a una señal convenida, comenzó a correr hacia la salida, y se atropellaron unos a otros con la mente únicamente puesta en escapar de ese lugar y de ese horrible monstruo. Kimbo disfrutaba del espectáculo, disfrutó viendo cómo muchos de ellos no consiguieron salir, pisoteados por sus propios padres, hermanos, amigos… otros por malos golpes al caer empujados del graderío…

Muchos perecieron aquel día, y los que sobrevivieron jamás volvieron a reír en el resto de sus vidas.

7 comentarios:

Merced ·· Solounalagrima dijo...

Interesante este payaso siniestro. Me gusta su historia *o*

Espero más pronto ^_^


Dulces Mordiscos~~

El hada de las palabras dijo...

Al principio me da mucha pena cuando los espectadores se rien de su padre a pesar de que estaba muerto, eso sin duda ha marcado al pobre :(

Besos!!

Noelia Amarillo dijo...

mmm no era lo que esperaba, me ha sorprendido mucho, y muy gratamente. Un estupendo relato!

bruha_brujah dijo...

Sin duda el puro reflejo de la vida, de aquellos que que se sientan en su silla mientras espectantes y beneficiandose de lo que otros padecen. Fantastico ,me encanta Kimbo

XD dijo...

La verdad el relato no me a gustado, no es una historria tan buena como Alphonse, la verdad nosé si seré yo que no logro comprenderlo, pero de todos modos ¡Amo el Blog!
Atentamente. XD(Seguidora incondicional)

César dijo...

Impresionante.
Me voy a tener que comprar una tableta de esas de pintar en photoshop.
Bueno, lo dejo que me acaba de salir una alarma en TIVOLI ;-)

Lena dijo...

Me gusta, de verdad me gusta mucho, probrecillo. Los payasos no son mis personajes favoritos, quiza es por eso que mi piel aún se mantiene erizada imaginando su macabra carcajada o.O; y no se diga el imaginara a su padre insentivandolo con el cuello roto y diciendo "Quieren risas" [...]

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