jueves, 18 de agosto de 2011

Narcisse

Narcisse se hallaba frente al amor de su vida y le dedicaba estas palabras a la luz de unas sencillas velas:

«En el momento que te vi se detuvo mi vida. Del brazo de tu madre recorrías la calle observando con interés todo cuanto te rodeaba. Dos nobles y elegantes damas, que casi con total seguridad se habían extraviado en su paseo, puesto que no sabría decirte qué podríais estar buscando allí, en una de las peores zonas de la ciudad. Tu madre tiraba de ti disimuladamente, apremiándote a salir de allí, pero justo antes de desaparecer por la esquina de la calle giraste el cuello y me miraste directamente. Ese momento en el que nos miramos a los ojos fue cuando sucedió, cuando mi alma se encadenó a la tuya. Cuando comprendí que estábamos hechos el uno para el otro. Cuando comprendí tus sentimientos hacia mí. Tus labios esbozaron una sonrisa y desapareciste. Allí me quedé yo, encima de ese montón de basura en el que rebuscaba algo que llevarme a la boca, mientras mi cuerpo todavía temblaba.

Durante los días que siguieron, la desazón me acompañó en todo momento. Cuando se encuentra la otra mitad de tu alma ya nada más importa, mi vida ya era tuya y ya no había remedio. Llegó el momento en el que las mariposas de mi vacío estómago revolotearon con tanta fuerza que casi me elevaron del suelo. Comprendí que debía buscarte, encontrarte.

Me decidí ir a la zona noble de la ciudad, seguro de que alguien debía conocerte. Un ser tan hermoso como tú no podía pasar desapercibido para nadie. Mis intentos fueron en vano, la gente se alejaba de mí como si tuviera la peste. Como si fuera una alimaña dispuesta a devorarlos. Más de un palo me llevé, pero no te aflijas, con el tiempo me he acostumbrado a recibir algún golpe que otro. La vida en la calle es muy dura. Comenzaba a desesperar porque se hacía tarde y no estaba más cerca de encontrarte que al principio del día. Abatido, me disponía a volver al sucio barrio del que provenía, al jergón lleno de chinches donde dormía, con la mirada clavada en el suelo y los hombros caídos. Empezaba a llover, aligeré el paso. Tras callejear un rato pasé por delante de una enorme casa blanca rodeada por un hermoso jardín, y allí estabas tú. Estabas jugando con tu perrito, a salvo de la lluvia. Qué guapa estabas. La sonrisa más angelical que jamás había tenido la oportunidad de ver hizo que mi amor por ti creciera más si cabe. Al rato, obedeciendo una orden de tu madre, entraste corriendo en la casa y cerraste la puerta. Estaba diluviando y no tenía dónde refugiarme, pero decidí quedarme un rato allí de pie, con la esperanza de que pasaras por delante de alguna ventana y así tendría la oportunidad de volver a disfrutar de ti. Un instante después vi cómo una luz se encendía en una de las habitaciones de arriba y tú te plantabas delante de la ventana, mirando al exterior. Mirándome directamente. Sé que me viste porque por un instante te detuviste, te atusaste el pelo y te diste la vuelta sin dejar de mirarme. Entonces lo pude ver de nuevo en tus ojos. Eso fue lo que me dio el empujoncito que me hacía falta para decidirme.

Cuando apagaste la luz crucé corriendo el jardín encharcado y me encaramé al árbol que pegaba a tu ventana. Soy un buen escalador y, a pesar del tronco mojado y algún resbalón que pudo ser fatal para mí, llegué hasta la rama que me llevaría hasta ti. La ventana estaba ligeramente abierta a pesar de la lluvia, ya nada se interponía entre nosotros. Entré con mucho cuidado. Tú estabas en tu tocador, con la leve iluminación de un pequeño candelabro que portaba una vela, peinándote ese hermoso cabello que a la luz de la vela parecía arder en llamas. Me acerqué con cuidado, sin hacer ningún ruido, tuve que aprender a dominar el silencio para mantenerme con vida todos estos años de indigencia. Cuando apenas un paso nos separaba, vi reflejada en el espejo tu mirada, que de repente se dirigió hacia a mí y de nuevo, y por última vez, lo vi. Vi lo que albergabas hacia mí. Lo que tu mirada me dijo el día que te conocí: que ni por un momento pensara en acercarme a ti, que ni siquiera era digno de mirarte. Que siguiera rebuscando en la basura, que era para lo que había nacido. Y tu sonrisa de despedida… una sonrisa de displicencia que parecía dejar clara la distancia que pensabas que había entre tú, una noble damita, y yo, un sucio y apestoso pordiosero.

Por eso ahora yaces dentro de este ataúd. Tan bella como eras en vida, como justo antes de que mis manos rodeasen tu cuello y lo apretaran hasta que tu rostro se tornara amoratado y tus bellos ojos salieran de sus órbitas. Aún así parecías un ángel… No duró mucho, jamás me perdonaría hacerte sufrir. Espero que comprendas mi manera de actuar porque todo esto lo he hecho por nosotros, amor mío. Si eras incapaz de comprender que el destino nos había unido, si te parecía que este mundo no estaba hecho para que ambos fuéramos uno, quizá en el otro mundo, sin las estúpidas barreras sociales que tanta influencia parecen tener sobre ti, escuches a tu corazón y entiendas por fin lo que nos había sido concedido. Tu alma atrapó la mía el primer día que te vi, y no ha querido soltarla ni en el momento de abandonar tu hermoso cuerpo. Pronto seguiré tus pasos, puesto que ya nada me retiene en este mundo. Intentaré encontrarte en aquel que nos espera tras el umbral de la muerte. Allí quizá me valores lo suficiente como para dejar de esconderte de nuestro destino. Te guste o no.»

Y tras esas palabras Narcisse besó los labios de su amada y volvió a penetrar en la oscuridad de la que había salido, justo antes de que el enterrador y sus asistentes acudieran para llevar a cabo los últimos arreglos antes de que el cuerpo de la niña ocupara su próxima y definitiva morada.

5 comentarios:

El hada de las palabras dijo...

Es una historia dura y triste, pero es la que más me ha gustado hasta ahora :D
Enhorabuena porque os ha quedado genial ;)

Besos!!

Merced ·· Solounalagrima dijo...

Sí, opino igual quela Hada que me precede Comentando. La historia es preciosa,y eso que las Historias de amr no son lo mío. Pero esta, con su toque sádico y tan bello de la muerte: me encanta. Simple y llanamente eso.

Os habéis superado realmente, espero muchas más así :D


Lúgubres Besos:
Merced ·· Solounalagrima~~

Anónimo dijo...

lindo

andii* dijo...

oh! me encanta!
pobrecito...
el amor de su vida <3
esta es una historia linda :D
me encanta!
sigo esperando a mas niños :P
Te leo!

XD dijo...

Adoro las historias de amor sádico, sobretodo cuando chorrea la sangre! Ahora subo a Narcisse cmo mi favorito (Lo siento Alphonse)
Atentamente. XD

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