martes, 31 de mayo de 2011

Andreas

I. UNA VIDA MEJOR.

Jurgen y el pequeño Andreas subían por un angosto camino que terminaba en la entrada de una gran mansión. A cada pocos pasos el niño resbalaba debido al barro producido por la intensa lluvia que arreciaba en ese momento, mientras Jurgen mantenía el equilibrio como podía, pero en su caso el barro y la lluvia no tenían nada que ver.

—¿Por qué vamos a esa casa, Jurgen? —dijo Andreas mirando bien por donde pisaba.
— Voy a hacer un negocio con el dueño, no te preocupes, no tardaremos mucho —respondió Jurgen.

Mientras subían trabajosamente por la empinada cuesta, Jurgen le iba dando vueltas a la cabeza. ¿Cuánto tiempo hacía que había encontrado al pobre Andreas medio muerto en aquel sucio y oscuro callejón? ¿Cuatro? ¿Cinco años? Hasta ahora, gracias a la caridad de los feligreses de la iglesia del pueblo habían podido salir adelante, que ya era mucho. Pero desde hacía unos días tan solo recibían hostilidad y malas palabras, e incluso el párroco les había echado de la puerta de la iglesia. ¿Qué le importaba a esa gente en qué se gastaba el dinero que recibía de las limosnas? Que alguna vez le dieran una triste moneda no les daba derecho a decirle lo que tenía que hacer con su vida. Y con la del niño.

—Jurgen…
—Tranquilo, Andreas, después de esta visita las cosas serán mejor para los dos, ya lo verás —interrumpió el hombre al pequeño y le puso la mano en la cabeza, atrayéndolo hacia sí en un gesto muy cariñoso.

Llegaron a la entrada y Jurgen llamó a la puerta. Esperaron unos segundos hasta que un hombre bastante mayor les abrió. Miró de arriba abajo al pequeño y, después de pensarlo un momento, sacó una bolsita de cuero que depositó en la mano que Jurgen le había extendido. Este miró a Andreas por un momento y suavemente le empujó hacia el barón mientras en su mirada se podía intuir un ligerísimo atisbo de culpa. Vio cómo las lágrimas brotaron de los inocentes ojos del niño, por lo que dio media vuelta y se alejó camino abajo sin mirar atrás. Ni siquiera cuando Andreas, sujeto por el hombre, gritaba su nombre una y otra vez. Notó un vacío en el estómago que consiguió que se girase, pero lo único que pudo ver fue la puerta cerrarse. Enseguida le vino a la cabeza cómo podría llenar ese vacío y puso rumbo a la taberna más cercana.

II. EL BARÓN

Hacía tres meses que Andreas había llegado a su casa y no había dejado de llorar en todo ese tiempo. Cada día, cada minuto… En su retorcida mente era incapaz de comprender al niño. ¿Qué más quería? Le había sacado de las calles, le alimentaba, le daba un lugar donde dormir caliente… ¿Quién en su sano juicio no daría gracias por todo eso en esos tiempos tan duros? ¿Por qué no dejaba de llorar ese desagradecido? Durante los primeros días al barón no le importaba escuchar el llanto entrecortado del niño en esos momentos en los que disfrutaba de su tierna y cálida compañía en su dormitorio, incluso parecían aumentar su vigor, le llenaban de vida… Pero con el paso del tiempo ese sonido se fue incrustando en su cabeza. Y hasta cuando no estaba con él, le parecía seguir oyendo los continuos sollozos del niño.

—Si quiere llorar, lo va a hacer con razón —pensaba una noche mientras se sacaba el cinturón…

III. CLAUDIA

Claudia se había llevado una grata sorpresa. Y eso que se había pensado mucho el ir a aquella fiesta repleta de carcamales organizada por el Barón, pero ante la insistencia del viejo pervertido había acabado aceptando. Se había pasado la noche dando largas a multitud de vejestorios que se empeñaban, sin éxito alguno, en conseguir sus favores. Tras rechazar a un nuevo pretendiente y terminar su copa, decidió que ya había honrado lo suficiente al Barón con su presencia y que era hora de dejar la fiesta. Pero cuando vio aparecer a esa criaturita de ojos enrojecidos que portaba una bandeja de rancios canapés, todo cambió. ¿Quién era ese ángel? Buscó rápidamente con la mirada al Barón, a pesar de que había pasado la noche evitándole, y cuando lo encontró se lo llevó a un lugar apartado de miradas indiscretas. No tuvo que insistirle mucho al viejo, e incluso parecía que le estaba haciendo un favor librándole del pequeño sirviente.

Ya tenía juguete nuevo.

IV. NO-MUERTE

De todos los niños que habían pasado por los brazos de Claudia a lo largo de los siglos, Andreas tenía algo especial. Esa mirada constantemente húmeda, esos ojos enrojecidos… estaba claro que el niño sufría lo indecible, pero era la placidez con la que se tomaba su situación lo que más la excitaba. Siempre que llegaba un nuevo huésped al castillo, Claudia había tenido que soportar al principio sus pataletas y gritos con el empeño de evitar lo inevitable. Andreas no, desde el primer momento se comportó de forma sumisa, como si supiera que eso era lo que se esperaba de él. Además, el sabor de su sangre era dulce, puro, y cada vez que la tomaba pasaban unos momentos en los que Claudia casi perdía la consciencia del placer que la embargaba. Por eso mismo tomó una decisión que nunca antes ni siquiera se le había pasado por la cabeza: Andreas dejaría de ser su juguete para pasar a ser su compañero. Su hijo. Una noche, tras alimentarse del niño, usó una de sus propias uñas para hacerse un corte en el brazo. Se lo acercó a Andreas a los labios y sujetó la cabeza del pequeño mientras le animaba a beber de ella. Al principio apenas era capaz de hacerlo, se encontraba demasiado débil después de tanto tiempo de penurias, dolor y sufrimiento. Después de los primeros sorbos de la sangre de la vampiresa, Andreas notó cómo su cuerpo se llenaba de energía. Entonces Claudia lo apartó suavemente…

— Paciencia, mi niño, paciencia —le susurró—, tenemos toda la eternidad.

V. UNA VIDA MEJOR (II)

Andreas bebió un último sorbo de la copa que Claudia le había ofrecido con la sangre de unos gemelos que había adquirido en una pequeña aldea cercana. Hacía casi tres años que había sido convertido en vampiro y no podía negar que Claudia le había hecho un gran favor. Atrás había quedado su patética vida mortal, la continua sensación de que morir era preferible a la vida de sumisión y servidumbre, de humillación y vergüenza… la única vida que había conocido. Cuando vivía en la calle con Jurgen tenía otra percepción de las personas. Creía en la bondad de la gente, ya que siempre había alguien que compartía su comida e incluso su dinero con ellos para que pudieran llevarse algo a la boca. Y gracias a eso iban malviviendo. Por eso creyó entender por qué Jurgen le dejó con el Barón a cambio de unas pocas monedas. Quería pensar que, de alguna manera, el barón se había apiadado de él, que su vida iba a mejorar al lado de un hombre capaz de mantenerle, educarle… Pero lo que el barón le hacía… esa forma de… sus fiestas… las miradas de sus invitados… fue quebrando la fe de Andreas en todo aquel que no fuera él mismo. Cuando apareció Claudia un ligero atisbo de esperanza creció en su interior. Su forma de mirarle era tan distinta a la del resto… sus palabras tan cariñosas… ¿sería así cómo una madre miraba a su hijo? Pero todo acabó en cuanto le cogió de la mano para llevarle con ella. Era una mano dura, gélida, falta de… vida. Andreas se dio cuenta de que salía de la sartén para caer en las brasas. Desde ese momento hasta la noche de su conversión recordaba más bien poco, solo una sensación de pesadez y aturdimiento continua, y también, por qué no decirlo, unas ganas tremendas de acabar con todo. Pero era demasiado débil para intentar nada. Y ahora estaba agradecido por eso, porque si hubiera sido capaz de hacerlo, esta nueva y magnífica oportunidad jamás se le hubiera presentado. Ahora ya no lloraba, ¿para qué? ¿De qué le sirvió hacerlo durante tanto tiempo? Incluso ahora se divertía cuando escuchaba el llanto de los pobres desgraciados con los que Claudia le obsequiaba. ¡Qué patéticos! Y pensar que él antes era así… Y la forma en que le miraban justo antes de que les clavara sus colmillos en la yugular, como si pensaran que poniendo ojitos iba a tener compasión… Él tampoco la recibió, tantas y tantas veces, y ahí estaba ahora, al otro lado de la verja.

—No esperes obtener la bondad de nadie, puesto que, si no obtiene beneficio alguno de ello, se la guardará para sí mismo —solía decir al desdichado de turno que le suplicaba piedad.

VI. ADIÓS

Claudia se despertó de repente cuando se abrió la tapa de su ataúd y algo se le clavó en el pecho que la dejó totalmente inmóvil. Cuando vio la estaca que le sobresalía del cuerpo, y esos ojos enrojecidos que conocía tan bien se asomaron por encima del borde de la caja, palideció aún más si cabe.

—¿Por qué? —logró decir a duras penas mientras Andreas la sacaba del ataúd y la dejaba tendida en el suelo.

— ¿Por qué? —contestó el niño mientras cogía un enorme hacha que había colocado junto al ataúd—. Porque ya no tienes nada más que enseñarme —y de un tajo cortó limpiamente la cabeza de Claudia que, junto al cuerpo, se convirtió en polvo al instante.

VII. ADIÓS (II)

El barón se disponía a meterse en la cama, después de un duro día de compromisos, cuando un ruido le hizo girarse en dirección a la ventana. Delante de ella, un niño permanecía de pie observándole. El hombre quedó por un momento descolocado, pero se espabiló cuando vio que el niño se quitaba la ropa muy despacio. Su vista se había deteriorado estos últimos años y no distinguía bien las facciones del pequeño, pero de todas formas se excitó como hacía tiempo que no lo hacía. El niño se acercó a él e hizo el gesto de querer que fuese cogido en brazos por el anciano, que no dudó un instante y lo aupó. El pequeño se acurrucó en el cuello del hombre.

—Ahora vas a sentir una mínima parte del dolor que me hiciste sufrir… —susurró el niño al oído del Barón, que sintió una terrible quemazón en el cuello e intentó separar de sí el pequeño cuerpo que se mantenía agarrado como unas fuertes tenazas.

La sangre abnegaba el suelo, la cama, las paredes… y, solo cuando el viejo cayó de rodillas totalmente debilitado, Andreas se separó de un tirón escupiendo al suelo un enorme trozo de carne que hasta hace un momento pertenecía al cuello del anciano, que se desangraba en el suelo entre convulsiones.

VIII. ADIÓS (y III)

Jurgen se debatía en el suelo mientras una botella de vino incrustada a la fuerza en su gaznate se vaciaba irremediablemente ahogándole. Tres botellas más yacían vacías y ensangrentadas en el suelo a su lado. Las manos firmes que le sujetaban a él y a la botella eran las de un niño, pero su fuerza no era humana. Por un instante pudo ver sus ojos, y al reconocer al pequeño Andreas intentó revolverse con más fuerza, pero fue inútil. Momentos después dio su último estertor y Andreas se levantó, metió una mano en uno de sus bolsillos y arrojó unas pocas monedas sobre la mano abierta del cadáver de su antiguo compañero mientras le decía:

—Tenías razón, Jurgen, nuestras vidas cambiaron a mejor. Por fin puedo decir que soy feliz. Ahora tú también lo eres, ¿no? Dinero y bebida para toda la eternidad…

1 comentarios:

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